No somos seres del Olimpo.

A raíz de los lamentables sucesos en un colegio de Monterrey Nuevo León, han aparecido voces por montones, juzgando y encontrando culpables con la punta del indice. Tal vez esta camada de inquisidores cuente con muy buenos argumentos; tal vez cuente con los mejores argumentos, pero, en términos prácticos ¿cómo vamos a hacer para evitar que estos terribles sucesos sigan repitiéndose por doquier?

“Lo más gracioso es que, cuando alguien se los advierte, nadie le cree”, escribió Tim Kretzmer en una red social, antes de balacear a sus compañeros de escuela, sus maestros y a varios elementos de la policía. Y sí, seguramente el chico estaba equivocado, pero no hubo tiempo de explicárselo, porque cuando las buenas conciencias empezaron a soltar sus valiosas opiniones, el chico ya se había dado un tiro en la cabeza.

El chico de Monterrey también advirtió de sus intenciones, a través de Facebook.

Valdría la pena conocer un poco sobre el tema para tratar de adelantarnos al suceso y, de ese modo, prevenirlo.

Esto hay que verlo con humildad. No somos seres del Olimpo: no somos perfectos; cada individuo puede reaccionar a una misma situación de muy diversas formas, formas imprevisibles, y un conjunto de reacciones pueden desembocar en consecuencias inimaginables.

La expresión violenta del sujeto poseído por el amok, quizá sea un afán de llamar la atención, precisamente hacía las consecuencias del hecho en si. Esto es, que el sujeto alcanza a percibir su propia inclinación: alcanza a sospechar el vuelco que su cabeza ha de dar, traicionándolo y convirtiéndolo en un asesino. Una situación terrible, vista a través de una sospecha vaga. Tratar de entender las fatales consecuencias de su propio desvarío, lleva al sujeto a explicarse a si mismo, mientras hace para los demás un ejercicio de ejemplificación radical.

Supongamos que esto es posible: es posible sospechar nuestro propio destino; es posible, al menos, sospechar nuestras propias tendencias psicológicas. Entonces, tal vez, podemos sospechar cuando hemos de volvernos locos.

El sujeto ve el callejón sin salida: un callejón que termina infaliblemente en el suicidio. Es incapaz de interpretar sus propias sospechas, sólo entiende que el rumbo es indeseable. El sujeto se siente empujado, es incapaz de saber por qué o por quién, unicamente es consciente de la presión, pero encuentra responsables frente a su rostro: se trata del Bullying, del acoso escolar, del sistema de competencia social, de la lucha por el éxito, de la popularidad, etc; sujetos abstractos que se mezclan con rostros conocidos. Sus reacciones son manoteos sin objetivo, su resistencia: patadas de ahogado.

Por encima de él se levanta la figura del padre, de la justicia, de la salvación. La intervención oportuna de un adulto que ponga orden y termine por explicarle el torbellino que lo envuelve. Pero no llega.

O bien alguien le ha abandonado, o bien ha usurpado su derecho. En cualquier caso, ese alguien no tiene rostro, se oculta entre la multitud. En todo caso la multitud es cómplice de alguien, de algo; de su situación. Su reclamo viene entonces a ser una llamada de atención a esa justicia ausente, para que se haga presente, así como un regaño contundente para quien ha permanecido ahí: sin hacer nada. Su reacción es una lección para quien actuó con todo propósito. Su grito desesperado es un aviso para quien aún no se da cuenta de nada. Una clase magistral.

La ira frenética es también expresión de miedo, de un miedo tan descomunal, tan solitario y desamparado, que trata de demostrar, al menos, la capacidad de defenderse. Como un gato enseñando las uñas en señal de advertencia; un gato que desconoce el poder letal de sus propias uñas.

Quizá habría que tratar de calmar la ira de ese animal, demostrarle que no hay motivo para atacar. Quizá bastaría la aparición ocasional de una voz, de un amigo que nos recordara que todo está bien; que todo está mal, pero aun así funciona. Quizá habría que poner un poco más de atención en todos y cada uno de los cachorros, sin importar la fuerza, la ternura o indiferencia que tratan de aparentar hacia fuera, y darles unas palabras de ánimo de vez en cuando, en lugar de aumentar su confusión.

Entropía

Más difícil que tratar de alcanzar una situación ideal para la humanidad (Utopía), es tratar de volver a un punto pasado en el correr del tiempo y/o la política (Entropía). Y no existe mejor forma de ejemplificar el segundo caso, que haciendo referencia a la participación del ejercito mexicano en competencias exclusivas de la policía, en el contexto de la lucha contra el narco, provocando con ello graves faltas a los derechos humanos. Este rol policial del ejército es un exelente ejemplo de Entropía, pues no tiene modo de revertirse, a pesar, incluso, de los deseos de los propios militares. Como el general Cienfuegos, quien manifestó su malestar por el “desgaste” que la “Guerra contra el narco” ha traído a las institución castrense, afirmando que, él es el primero en pedir que las fuerzas armadas regresen a sus actividades convencionales.

Luego de involucramientos directos por parte del ejercito, en abusos criminales como el caso Tlatlaya o Ayotzinapa, es lógico que Cienfuegos desee que todo vuelva a la “normalidad”, pero la vieja confianza que antes inspiraban los militares en la mayoría de la población no va a volver, así como la sangre derramada no regresa al corazón de los muertos.

En México, la presencia de grupos armados continúa en aumento, unos para apoyar actividades ilícitas que violentan la existencia de la población, y otros para defenderse de las bandas criminales que azotan al país. Los escándalos de corrupción y abuso de autoridad que involucran al fuero militar los acercan más a las bandas de criminales y a los políticos corruptos, que a las policías comunitarias, grupos de autodefensa y ciudadanos desvalidos de toda seguridad. Cualquier marco legal que pretenda otorgársele a sus labores de policía, estará deslegitimado de antemano porque el sentimiento de la población está muy cercano a las victimas de la represión en todas las latitudes del territorio nacional.

La labor de un ejercito es pelear contra un enemigo; pelear, matar y liquidar todo lo que se oponga a su avance. Esta lógica obedece a que el enemigo natural de un ejercito es otro ejercito: el ejercito de un país enemigo. ¿Cuál es el país contra el que lucha el ejercito mexicano? ¿cuál es su ejercito?

No hay forma de borrar las culpas en las que han incurrido las fuerzas armadas, tampoco hay un mecanismo para hacer que regresen a sus cuarteles, mientras nuestra policía continúe siendo incapaz de asumir su responsabilidad de garantizar la seguridad; mientras nuestros políticos continúen siendo incapaces de cambiar el rumbo de nuestra maltrecha realidad. No parece haber una manera de reparar la situación o, al menos, dejarla como estaba.

La paradoja de la historia es que se escribe hacia atrás, pero sólo se puede andar hacia delante.

La masa dirigente.

¿Quién nos dirige? ¿Quién toma las decisiones importantes en momentos de crisis? Quién analiza los peligros y oportunidades que se presentan en los distintos escenarios, locales y globalizados, para impulsar así proyectos nacionales e internacionales, que nos conduzcan por el accidentado andar de la historia. ¿Los políticos? ¡No me jodan! Hace casi cien años, José Ortega y Gasset, se encargó de describir algo, que el mismo llamó: “las masas”, una fenomenología social que describe la lógica que impulsa los grandes movimientos sociales de la modernidad. Esta descripción ayudó, más tarde, a comprender fenómenos tales como el fracaso de los grandes proyectos político-históricos (socialismo, liberalismo, etc), y el fascismo en si. En términos generales, Gasset afirmó que la falta de orientación y criterio en el pensamiento grupal, y la manipulación que hacen de este la demagogia y el extremismo, son los ingredientes esenciales para el caos y la autodestrucción de las sociedades. Al decir esto, Gasset nos da un montón de ejemplos de actitudes de rebaño, conductas de consumo, manejo de la información en medios masivos, afán de estar a la moda, etc. Un análisis que resulta, sobre todo por su temprana aparición, acertado en muchos de sus puntos. Sin embargo comete errores garrafales que han influido de manera negativa en el pensamiento político-grupal, posterior a su época. Ortega, movido por su naturaleza conservadora, afirma que la solución al problema de la manipulación de las masas, está en el correcto liderazgo, esto es, en el control de los intereses comunes, por parte de una élite de intelectuales y/o gente con una visión superior a la del individuo común. Esta desafortunada idea, más que contrarrestar, potencia la tendencia de las masas a ser manipuladas (pues legitima la idea de un pensamiento superior), conduciendo a la aparición de múltiples dictadores, todos instalados en la idea de la superioridad y el paternalismo. Del fracaso de estos grandes liderazgos, se culpa a las ideologías extremistas, es decir que, las culpas de los individuos, son trasladadas a los sistemas de pensamiento. De ahí que, posteriormente, las grandes organizaciones políticas y las élites en el poder, abandonen esos sistemas de pensamiento histórico (socialismo, liberalismo, etc.) y trasladen su liderazgo a los modelos “centristas”, que no hacen sino confirmar el fracaso de los estados horizontales (democráticos, donde la masa es la que manda) para combatir el fenómeno del fascismo y los extremos nacionalistas. Pero los modelos “moderados” y centristas que dominaron la escena política en las décadas anteriores fracasaron en su cometido, pues han propiciado la aparición de una nueva ola de extremismo y fascismo.

Hoy nos encontramos justo en esa disyuntiva: con el fracaso de los discursos moderados como mecanismos para contrarrestar los males de la humanidad y el oportunismo carroñero de la extrema derecha, lanzando ya su propaganda a los buenos consumidores, con muy buenas oportunidades de éxito. Detrás de esta propaganda hay personas, seres de carne y hueso con responsabilidades individuales. Ellos son, las masas que nos gobiernan. Responden a las mismas descripciones que José Ortega y Gasset hace de las masas gobernadas: se guían por impulsos egoístas, ignorancia, miedo, oportunismo, etc. Carecen de autonomía, criterio y/o ética, son siempre arrastrados por las corrientes dominantes en la geopolítica; se guían por teorías conspiratorias; se alían en compadrazgos, sociedades de conveniencia y todo tipo de corruptelas. De este modo, si la tendencia general es mantenerse del lado del neo liberalismo y defender a capa y espada el modelo hegemónico de la posguerra de 1945, poco importa que tales decisiones nos arrastren a todos a una crisis mayor. Si, por el contrario, la moda hoy es el aislacionismo, el fascismo y la provocación bélica, da igual pasar por alto los riesgos, con tal de mantenerse siempre del lado de los vencedores y garantizar los privilegios.

Los individuos que nos dirigen son incapaces de proponer un nuevo escenario, de organizarse en torno a intereses comunes con otros individuos, porque ellos deben obedecer al interés general, que no contempla otra prioridad que la propia enajenada generalidad. No son capaces de ver las desastrozas consecuencias de sus actos. Nuestros gobernantes son parte de una masa acéfala que camina en dirección del abismo.