El feminazismo no es otra cosa que machismo.

Haré una definición todavía más grave: machismo significa sometimiento al hembrismo.

Empecemos por aclarar que, masculino y femenino es a los humanos, lo mismo que macho y hembra a los perros. La razón por la que se llama macho a una persona, es con la finalidad de compararle con un animal. O, en términos Darwinistas, decirle a alguien macho significa rebajarlo a su carácter más primitivo. Luego, el hembrismo, en contraposición al machismo (y muy contrariamente a lo que suele creerse), define el conjunto de ideas y costumbres culturales que mantienen el rol tradicional de la mujer dentro de la organización social. La labor del macho, con respecto al hembrismo, es la de re-afirmarlo, protegerlo, encubrirlo, ocultarlo, etc; en otras palabras, someterse a el (del mismo modo en que el hembrismo se somete al machismo). Para cumplir su oficio de macho, el hombre debe denigrar, someter, golpear y hasta asesinar a la mujer. De este modo consigue cargar con toda la culpa de que la hembra permanezca en su estado primitivo, sin que la hembra tenga que pensar en la posibilidad de liberarse, pues tal cosa resulta imposible.

El feminismo es la lucha de las mujeres por liberarse del hembrismo. El feminismo es un asunto de mujeres que se ha visto entorpecido a lo largo de la historia por la intervención del machismo.

En general, las manifestaciones en contra de las llamadas “feminazis”, se limitan a viejos clichés: el carácter voluble de la mujer, su tendencia a la sinrazón, su histeria, su hipocresía, etc. En resumen, todos los defectos adjudicados al género femenino, desde mucho antes de cualquier movimiento de liberación femenino. Se trata de manifestaciones conservadoras, expresiones de espanto ante lo desconocido: el abandono del hogar primitivo, para salir a la exposición, a la desnudez de la liberación sexual. Sus manifestaciones públicas y a través de redes sociales, son un llamado a la unidad de los machos en contra del enemigo común. La homofóbia, dicho sea de paso, sólo puede existir en un contexto de odio a lo femenino. Y si el hombre que permite a su mujer llevar las riendas del hogar, el mandilón, es equiparable al puto, entonces la mujer, que así se rebela de los estándares conservadores, tiene que ser lesbiana.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.

El macho, además de preservar la existencia del hembrismo, tiene asuntos y proyectos propios que atender, a saber: preservar el régimen militar, hacer la guerra, explotar a su prójimo, enriquecerse, estratificar a la sociedad, competir y luchar para ser el líder de la manada, el macho dominante, y así poder follar a subalternas y subalternos por igual.

El macho, igual que la hembra, sufre de períodos menstruales de actividad hormonal; días en que lo invade un ansia de morder a su prójimo, sólo para ver quién la tiene más grande. Un periodo de alteración emocional tan evidente, que sólo logra pasar desapercibido, gracias a la excelente labor de encubrimiento de la hembra, quien absorbe la responsabilidad de todas las crisis emocionales, incluidas las de su macho. No en balde se afirma que el machismo lo enseñan las mujeres. La hembra desempeña tan eficientemente su labor de encubrir el machismo, que es incluso capaz de representarlo mejor que el macho, a tal grado, que el pobre hombre se ve intimidado y amenazado por un competidor potencial, al que hay que eliminar antes que sea demasiado tarde.

Los machos hablan de las feminazis, utilizando el santo y seña del machismo, como si no lo conociéramos, como si se tratase de algo que acaban de descubrir y tienen que informarnos de ello: “son agresivas, irrespetuosas, irracionales, utilizan un lenguaje virulento y manipulador para conseguir sus objetivos. Se aprovechan de su posición y ventajas dentro de la estructura social, para imponer lo que consideran correcto a sus intereses. Y, si nada de esto funciona, se valen de la violencia” o bien, “utilizan la corrección política para distorsionar la realidad”.

La corrección política es el arma letal de factura feminazi, le ha arrebatado los testículos a un montón de pobres desamparados.

Ya que hablamos de Nazis, recordemos el modo en que aquellos generalizaron y estigmatizaron a judíos, gitanos, africanos, aborígenes y montón más que tuvieron la mala suerte de cruzarse por su laboratorio propagandístico. Para los Nazis, los emigrantes extranjeros eran sujetos perversos, oportunistas y cínicos que venían a robarles el trabajo y la identidad. En el escenario industrial contemporáneo, las mujeres son los nuevos extraños, los nuevos judíos. Con el agravante de que a las mujeres se les considera débiles y, por tanto, deben recibir menos sueldo. Su rol, en la importante tarea de la preservación de la especie, las salva de las cámaras de gas, pero no de tener que afrontar la osadía de haber penetrado en un área exclusiva del macho: el área del trabajo. Si quieres jugar nuestro juego, tienes que hacerlo con nuestras reglas.

Las feminazis son las mujeres que han entrado en las áreas exclusivas del macho, los puestos de mando, de liderazgo; las jefas de familia, cuyos maridos frustrados, sólo se atreven a enfrentarlas por medio de memes en el Facebook. Toda esta banalidad es, en realidad, lo mismo de siempre: la guerra de los sexos, que empieza cuando el profesor tiene que salir a atender un asunto por quince minutos. Me recuerda también a esos comediantes mediocres que, por no tener talento alguno, meten al público en la dinámica de “a ver quién aplaude más fuerte, los niños o las niñas, los hombres o las mujeres.

Todo este asunto de las feminazis podría tener algo de gracia, si no sirviera para justificar la violencia. Violencia que cosifica y reduce a la mujer a objeto de placer, sin derecho a intervenir en el campo de la discusión pública, exclusivo del macho por tradición. Violencia legal que se acepta en el discurso cotidiano, en la Internet y a través del consumo. Que se acepta a través de los estándares de comportamiento indicados para una hembra y también a través de los estándares comerciales de la belleza donde, para qué una mujer sea bella, tiene que cumplir con ciertos requisitos físicos: tener las piernas largas y carnosas, el trasero firme y terso; suave y ruborizado, como las mejillas; los pechos levantados y lisos, el vientre plano, las pestañas pobladas y las cajas escasas, el cabello abundante y fuerte, nada de arrugas, ni en la cara ni en las tetas ni en las nalgas ni en las rodillas. En otras palabras: para encajar en los estándares de belleza dictados por el Photoshop, hay que tener entre once y dieciséis años. No hay que extrañarse entonces de la pedofília, del secuestro, violación, prostitución y explotación de millones de menores de edad.

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