El bombardeo a la base militar siria justifica el ataque con armas químicas.

Antes de lanzar sus 59 misiles tomahawk, Donald tuvo el muy lindo gesto de no provocar un conflicto nuclear, al avisar de sus intenciones a su amigo-enemigo Putin. De este modo el presidente ruso pudo prevenir a su aliado árabe para minimizar los daños causados por el ataque justiciero del envalentonado millonario, show-man y ahora también mandatario norteamericano.

Aparte de los muertos, los asfixiados, las víctimas, tanto adultos como menores de edad; aparte de estos números rojos, todos salieron ganando. Trump consiguió disipar las dudas acerca de su complicidad con el Kremlin, entrando en una guerra de palabras y declaraciones para con los aliados del terrorismo que, aunque no hace a los estadounidenses grandes otra vez ni les regresa los puestos de trabajo perdidos por la deslocalización de la industria, por lo menos coloca el discurso yanqui en la cima de la moral propagandística. Además, la CIA recupera la brújula perdida tras la derrota de Hillary y la industria militar se enriquece a un costo de un millón y medio de dólares por cada misil arrojado. No faltaron los hurras y los aplausos por parte de social demócratas y fascistas europeos, aplaudiendo por igual y lamiéndose los bigotes por el giro de regreso a las políticas guerreristas que han marcado la política de la unión en los últimos años.

Para la dupla china-rusia, fue una nueva oportunidad de mostrar músculo ante el consejo de seguridad de las naciones unidas, utilizando el privilegio del veto, que exhiben cinicamente frente a los televidentes y cibernautas aterrorizados por las imágenes de niños ahogándose, tras el misterioso ataque químico. Rusia además aprovechó los focos para dar una lección de diplomacia y respeto a los acuerdos internacionales, sin desaprovechar la oportunidad de saturar (todavía más) la región con sus juguetes armamentísticos de última generación, muy bien aplaudido por sus aliados en la región.

El estado islámico también es beneficiado por la nueva ambigüedad, acerca del enemigo especifico del que estamos hablando, pero los ganadores de la noche son, sin lugar a dudas, los aún no identificados autores de esta broma de lesa humanidad, efectuada frente a los aparatos más sofisticados, jamás utilizados en conflicto alguno; incapaces, sin embargo, de despejar las dudas en cuanto a la autoría de esta falacia. Poco importan ya las bajas civiles, el público se muestra satisfecho con las nalgadas megatónicas propinadas al presunto culpable, con tal fuerza que alcanza, incluso a quebrar las leyes internacionales y el protocolo para la paz, dejando una cortina de humo que sirve de camuflaje hasta al propio régimen sirio, el cual ahora tiene buenos argumentos en su favor, desde el simple deseo de que se esclarezcan los hechos.

Los perdedores son muchos; somos muchos. Los confundidos, los engañados, los manipulados; las víctimas de una muerte espantosa, los deudos impotentes. Todos distribuidos uniformemente sobre el campo de batalla, mismo en el que jamás se ha visto batirse a ninguno de nuestros líderes.

Anuncios