La farsa del acuerdo de París.

En medio de la preocupación generalizada que produce la re-negociación del TLCAN (tratado de libre comercio de América del norte), los principales representantes de los tres gobiernos abandonan la escena de la quinta ronda, en un acto de desaparición que rompe con la lógica del guión expuesto hasta ahora: una intriga en la que el “estira y afloja” era el leitmotiv de la trama. Ahora resulta que todo marcha sobre ruedas y, a pesar de las constantes amenazas financieras y twitazos de ocasión que van recetando una muerte lenta para la economía mexicana, parece que la labor ha pasado a ser un simple asunto burocrático que no merece la atención de la diplomacia.

El teatro de las sorpresas financieras tiene que recurrir a estas vueltas de tuerca para no hacer demasiado obvio el ovjetivo principal de la tragedia: que nuevamente la economía periférica ha de ajustarse a los intereses del centro, con o sin aspavientos. Como ocurrió no hace mucho con las reformas energéticas que entregaron los recursos petroleros de México a manos de los monopolios estadounidenses; una movida geopolítica de gran envergadura, ante un nuevo escenario, en el que pasamos del límite de reservas estimado para mantener un petroleo barato, y entramos en una nueva era de comercialización de un crudo mucho más costoso. Un negocio en el que los vecinos del norte se han garantizado ya el suministro, a costa de sus vecinos del sur.

Un elemento que salta a la escena, pero pasa desapercibido por gran parte del público, es lo que este aumento en el costo del hidrocarburo supone para el clima. Hace mucho tiempo que gobiernos y empresarios se preparan para enfrentar esta situación, buscando alternativas energéticas más sustentables, cambiando las estrategias de crecimiento del capital, diversificando recursos materiales, refugiándose en entornos virtuales y aparatos especulativos, etc. Todo bajo la premisa simple de: usemos menos petroleo, por sus altos costos. Esto se traduce en una disminución de la producción de gas carbónico, un beneficio para la salud ambiental del planeta, a pesar de la falta de compromiso de los actores. Una disminución de emisiones, hay que señalar, insuficiente para detener el fenómeno del calentamiento global.

El acuerdo de París, esa farsa demagógica que se presenta con gran éxito en los principales actos de simulación mundial, cuenta hoy día con un cartel de primera linea: en esta esquina, el máximo retractor de la teoría del calentamiento global, Donald Trump; en esta otra, el resto del mundo. Un show que llama la atención del gran público, pero que sorprendería aún más si se reparara en un interesante detalle: Xi Jinping, presidente de China, unos de los países más comprometidos con el acuerdo de París, prepara, tras bambalinas, el año de mayor producción en cuanto a CO2 se refiere, rompiendo así la tendencia de no crecimiento de la contaminación a nivel mundial, que se venía dando desde hace tres años. A esto hay que sumarle la modesta tendencia a la baja en la producción de gases carbónicos, por parte de Europa y Estados Unidos, que no alcazaba a verse reflejada en un descenso en la producción de contaminantes a nivel mundial, precisamente por la tendencia a la alza en la producción China durante esos mismos tres años.

Las declaraciones estúpidas del patiño Trump, contrarias a la realidad industrial de su propio país, lo dibujan como el malo del cuento, mientras que la demagogia de Jinping, aunada a sus discursos en pro de fortalecer el libre comercio, lo colocan como el héroe, a pesar de ser el protagonista de la catástrofe climática que se nos avecina, y ya está mostrando muchos de sus síntomas, a través de huracanes, terremotos y demás contenidos de acción, que no requieren de efectos especiales. Pareciera que toda la bufonada Trumpesca se escenifica en favor de los intereses chinos, pues los reflectores se distraen con la figura de quien amenaza con contaminar el mundo, mientras el otro, discretamente, arroja cada vez más toneladas de carbón al horno de la industria china.

Resulta todavía más difícil de entender esta telenovela, cuando vemos a Ángela Merkel y demás lideres mundiales apoyando toda esta fábula, carente de sentido, convidando en fotos y propaganda al dueño de los hornos en que se cocina el mundo y aventando la bolita al auto proclamado villano. Resulta incomprensible si seguimos la premisa de que todo el show trata de combatir la producción de CO2, mientras vemos que su héroe es quien más lo produce. Tal vez la cosa adquiriría más sentido si nos guiáramos por el razonamiento oscuro, que dice que a este mundo lo mueve el dinero; que el dinero compra consciencias; que detrás de las decisiones políticas hay fuertes intereses económicos. Entonces podríamos imaginar que son las empresas beneficiarias de los bajos costos de producción en China, las que escriben el guión de esta disparatada trama. Empresas tan presentes en la economía americana como en la europea, capaces de mover los hilos desde atrás de la pantalla y de financiar los intereses, y las campañas, de los buenos representantes del pueblo.

El siguiente acto se representará en Bonn. Veremos si los guionistas tienen la agilidad de volver a atar todos estos hilos sueltos.

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