Lagos salió a pasear en bicicleta

Si no eres parte de la solución, eres parte del problema“

Vladimir Illich Lenin.

Es un pensamiento popular de la cultura mexicana, la idea de que todos somos iguales ante la muerte. Esto quiere decir que, no importa cuanta altura alcancemos en la vida, cuantos títulos nobiliarios, cuantos reconocimientos, cuanta fama; al final hemos de volver al polvo de donde venimos. Y deja como lección, el que nos volvamos hacia nuestros semejantes y cooperemos en la única causa común, que es la mejor forma de vida de todo el conjunto. Este espíritu se palpa en momentos de crisis, como en los resientes terremotos, donde la solidaridad se muestra como la principal expresión de este pensamiento.

El día de ayer, murió el vicepresidente de telecomunicaciones de Televisa y director general de Izzi, Adolfo Lagos Espinosa, asesinado a tiros. Su muerte sorprende a la prensa y ocupa los principales titulares, en un país que ostenta el segundo lugar de violencia en el mundo, en donde se cometen más de 68 homicidios dolosos al día. También sorprenden las circunstancias de su muerte: paseando en bicicleta. Adolfo no estaba practicando un deporte de alto riesgo, ni quebrantando la ley; no estaba bajo amenaza un grupo delincuencial, como el presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), Silvestre de la Toba Camacho, y su hijo, ni afectaba los intereses de un sindicato corrupto y una minera canadiense, como los dos empleados de la mina La Media Luna, de Cocula, Guerrero; todos asesinados el día de ayer. Adolfo estaba paseando en bicicleta y fue sorprendido por asaltantes, como la gran mayoría de las personas que habitamos este país, expuestos constantemente al crimen sin cuartel, que no distingue entre ricos y daños colaterales. Las escoltas de Adolfo fueron tan ineptas como lo son todos los grupos encargados de la seguridad del país, incapaces de impedir los 18.505 homicidios dolosos, tan sólo en lo que va de este año; paradójicamente, la bala que lo mató, provenía del arma del encargado de su seguridad. Algo muy parecido a lo que ocurrió en las zonas de desastre, tras el terremoto del 19 de septiembre, cuando la marina, la policía y los equipos de rescate oficiales, llegaron a entorpecer las labores de los voluntarios civiles.

La camioneta de los empleados de seguridad, que se trasportaba el cuerpo malherido de Adolfo, sufrió una avería, provocando la perdida de minutos valiosos. En la caseta encontraron una patrulla de la Policía Federal y los agentes que la ocupaban llamaron a una ambulancia, que llevó al herido a un nosocomio del municipio de Coacalco, pero los médicos no pudieron recuperar el tiempo perdido y falleció.

Adolfo no corrió mejor suerte que la gran mayoría de las personas que llegan a los servicios de urgencias en los hospitales públicos; no pudo pasear tranquilamente en bicicleta y disfrutar de una vida plena y tranquila; su vida, y la paz de su familia fueron cortadas de tajo por la violencia y la criminalidad. Su muerte no cambiará nada.

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