Marichuy no obtendrá el registro para contender en el 2018

Desde hace mucho tiempo en la memoria del mundo, existe la lógica de la guerra como medida universal para todo juicio. Así, todo proceso humano se ha de dividir en conquistas, batallas, itinerarios, avances, triunfos, ofensivas, etc. Es imposible imaginar la historia como un día simple, bajo el sol meridional, contra el polvo y la maleza; vislumbrar la relación entre seres humanos simples, frente a sus utensilios campesinos, sin luchas a muerte ni héroes reivindicadores que atraviesan a la humanidad a caballo y siembran en el horizonte su utopía.

En el espectáculo de la historia, hay unos cuantos triunfadores y una gran mayoría de perdedores, que siglo tras siglo tienen que emprender la labor cotidiana de reconstruir su espacio fuera del tiempo, bajo el mismo sol, contra el mismo polvo. Frente a ellos se repite la misma historia de monarcas y caballeros bondadosos, elegidos de dios para acabar con la tiranía y repartir bendiciones entre esa masa dúctil llamada pueblo. Para ello han de darse a la labor de luchar y vencer esa oscuridad que se esconde en el mundo: la causante de todos los males que nos aquejan; la masa dúctil llamada pueblo -el otro pueblo, claro-. Se trata de una proeza reservada a los iluminados: la lucha de uno contra todos; de los elegidos contra la carne del pecado. Para lograr su hazaña, habrán de armarse con fuego y metal; deberán procurarse las espadas más afiladas, las lanzas más largas, los caballos más veloces, los cañones más poderosos y los ejércitos más sanguinarios. Todo es por nuestro bien.

Al final, sin mayor patrocinio que el propio, nuestros buenos caballeros habrán mermado sus fuerzas en pos de la causa común. A cambio de sus favores y de sus maltrechos cuerpos, se conformarán con la fama de los libros y, por supuesto, con el oro, que habrá de aliviar un poco los dolores de la vejez.

Pero los simples, el vulgo, han dejado también -por no dejar-, registro de su opinión frente a la bondad del linaje real y su legado. Tal opinión, como usted ya sabe, no es favorable a la historia. Se trata de escepticismo e incredulidad, o bien, revisionismo francamente plagado de antagonismo, cuando no de descarado sarcasmo y desprecio absoluto por todo lo que representan las élites y sus planes arbitrarios para el resto de la humanidad.

Usted lo sabe, pero, aparte de usted ¿alguien más se ha enterado?

Los analistas de revista, así como los de academia, insisten en la versión del progreso: de que todo marcha hacia adelante y de que ya andamos, por cierto, muy adelantados. Por todas partes se apela a la democracia para resolver cualquier inconformidad, cualquier entuerto, cualquier feminicidio: si la justicia es injusta, vaya usted votando por otro partido político. Si no le gustan los que hay en la vitrina, forme usted uno; ahora hay oportunidades para todos y hasta candidaturas independientes. Candidaturas como ángeles de la independencia, como estelas de luz en honor a nuestra independencia, candidata independiente.

Y, todo esto, gracias al progreso, a nuestros héroes, a quienes lucharon por darnos patria. Caballeros que evolucionaron en soldados revolucionarios y se convirtieron, luego, en políticos, tan solo para igualarse a nosotros en la planilla electoral. La fama y el oro quedaron atrás: ha llegado el tiempo del futuro, hemos acabado con la oscuridad del mal, hemos triunfado.

Ahora debemos aceptar que no hay lugar para todos. Si la democracia es una votación, debe haber un perdedor; si existe un acuerdo, deben quedar fuera los que no estén de acuerdo; si esto nos representa, entonces no existe lo que no está representado: si no se alcanza el registro, si no se tiene influencia en la partidocracia, si no se cumplen los requisitos; si no se tiene lugar en el gobierno, tampoco se tiene lugar en el pueblo.

¿Qué hemos ganado entonces?

Deshacernos de la población sobrante.

Pero existen.

Continúan allí haciendo ruido.

¿Para qué?

¿Para qué se organizan, se postulan, se comunican entre si? Si ya los descartamos; ya perdieron, ¡ya confórmence! ¿Es que no entienden? ¿Son necios? ¿Son indios?

¡Son indios!

Y ¿qué van a hacer?

¿Qué van a hacer? ¡Maldita sea! No pueden hacer nada. Tenemos la democracia, tenemos la ley, tenemos la policía, tenemos al ejercito, tenemos la razón, tenemos la verdad, tenemos los medios, tenemos las mentes, tenemos el miedo. No subestimen nuestro miedo.

Poco se ha logrado.

No nos engañemos, Marichuy no obtendrá el registro para contender en el 2018.

Entonces, no seremos héroes; no obtendremos la fama y el oro; no podremos excluir a los perdedores ni poner la bota sobre el rostro del enemigo. Tendremos que conformarnos con la condición mortal, asumir nuestro rol primitivo fuera de las cámaras, entre el trabajo y la naturaleza, sin efectos especiales ni adictivas aplicaciones; tendremos que renunciar a la magia del mundo moderno y conformarnos con el aburrido paisaje de la sierra sobre las nubes; entender que siempre estaremos fuera, que no tendremos paz porque es un producto de lujo; que no seremos admitidos en las filas de lo aceptable ni recibiremos la medalla del conformismo.

Nos quedaremos para siempre flotando en la incertidumbre, como aves que vuelan a pesar de la física universal.

Nuestro único refugio será la clandestinidad.

Eso hemos ganado.

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