El CNI o la organización que buscamos (pero no queremos encontrar)

Exelente análisis de Gabriela Astorga Pérez:

<pincha aquí>

Anuncios

Maquinaria pesada acaba con la vida de personas atrapadas por el terremoto.

El pasado viernes 22 de septiembre, a escasos tres días del terremoto que sacudiera la ciudad de México, así como amplias zonas de Morelos, Puebla y Oaxaca (además de otros siniestros que se sumaban en el territorio nacional), el caos en las redes sociales era general. Difícilmente podían diferenciarse los hechos de la confusión y la información errónea se traspapelaba con las buenas intenciones. Por todos lados saltaban publicaciones pidiendo que se corroborara la información antes de compartirse. Para los que no estábamos en la zona del desastre, estos llamados a la prudencia nos dejaron mudos: nadie quiere contribuir al caos, mucho menos ante tal emergencia. De ese modo, pusimos nuestra confianza en las noticias buenas y malas que iban apareciendo en el muro de quienes tenían la seguridad de compartirlas; escuchamos la radio, leímos los periódicos y estuvimos al pendiente de los reportes noticiosos en streaming. Varias cosas sobresalían ante nuestra frustración e impotencia: el robo y apropiación de víveres donados por la ciudadanía, con la intención de etiquetarlos en provecho de intereses políticos; la falta de efectividad, por parte de las autoridades responsables, para atender a las poblaciones más alejadas y el intento, por parte de organismos de gobierno, de proceder a la demolición en sitios donde aún había esperanza de vida.

A este último punto es a donde quiero señalar con estas lineas, pues, a pesar de que ya he visto la denuncia en voz de importantes figuras del análisis político en los medios nacionales, la inquietud de los protagonistas de esta tragedia, los civiles, los rescatistas, los ciudadanos de a pié, es a favor de que se sigan alzando las voces y no se permita que la impunidad ante estos hechos. Así me lo han hecho saber, personas cercanas a mí, que estuvieron presentes frente el atropello que tuvo lugar en las calles de Bolivar y Chimalpopoca, donde se presume que una fabrica de ropa operaba de forma ilegal, sometiendo a explotación a trabajadores de procedencia coreana. Rescatistas del grupo “Topos” junto con voluntarios que se sumaron de manera solidaria, afirmaban que, bajo los escombros de dicho edificio, había aún personas atrapadas y con vida, sin embargo sus razones fueron ignoradas y, por órdenes de la Policía Federal, se procedió a la introducción de maquinaria pesada para arrasar el terreno, dejando sin oportunidad a los posibles sobrevivientes.

Ante la amenaza de la maquinaria, la sociedad civil ahí presente, trató de oponer resistencia, por lo que fueron encapsulados por granaderos para impedir su acción. Al mismo tiempo, los voluntarios que acudían al llamado de auxilio lanzado a través de las redes sociales, fueron impedidos del paso en retenes y acordonamientos de la zona, supuestamente colocados en favor de las labores de rescate, pero que sólo sirvieron para mantener el escenario bajo control de los aparatos gubernamentales.

Lo que narro aquí, es lo que me han contado personas cercanas a mí, que estuvieron presentes durante aquellos sucesos. Lo que hago es trascribir sus palabras y angustias para darlas a conocer de manera pública. El siguiente video fue publicado en la red social Facebook, por una brigada feminista que, al ser encapsulada por un escuadrón del cuerpo de granaderos, miró con impotencia el transcurso de los hechos: https://www.facebook.com/TaBaNo.Guevara/videos/781567848682300/

Estas denuncias tienen eco en los reportes sobre el mismo caso, que se han hecho en innumerables medios, así como en otros casos, como el del colegio Rebsamen que, junto con lo aquí descrito, parecen ecos siniestros de las tragedias pasadas: la fabrica que dejó atrapadas a cientos de costureras en el terremoto del 85 y la negligencia que cobró la vida de 72 niños en la guardería ABC.

En este momento, las organizaciones encargadas de la defensa de los derechos humanos, mismas que fueron autoras de amparos para detener la maquinaria pesada, elaboran actas y procesos legales para proceder en contra de individuos e intereses que se encuentran detrás de esta masacre silenciada por rumores, niñas fantasma y aparatos de desinformación.

La posverdad es la continuación de la manipulación, por nuevos medios.

 

La frase original de Carl von Clausewitz rezaba: “La guerra es la continuación de la política, por otros medios”. Con ello, el estratega militar prusiano, quería recalcar la importancia de la “inteligencia” dentro de las campañas militares, durante el periodo decisivo para la conformación de Alemania, entre finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve. La idea de Clausewitz era que las pasiones populares (odio, deseo de venganza, xenofobia, racismo), se tenían que instrumentar y conducir a través de la estrategia militar, en favor de los intereses de la clase dominante (lo que Clausewitz llama Inteligencia o Política). La mayor manifestación de este encauzamiento del odio popular se da dentro del fenómeno del nazismo, entre 1932 y 1945, por medio de la “Propaganda”. Campañas intensas que, a través de todos los medios de comunicación de aquel entonces, encabezados por la industria fílmica, convencían al ciudadano común de su identificación con el aparato industrial-militar que trabajaba en favor de los intereses particulares de una élite, llamada a si misma: “Alemania”. Göbbels, ministro de propaganda del tercer reich, fue el encargado de definir el término y dotarle de una serie de principios que se mantienen vigentes. Sin embargo las ideas de von Clausewitz ya tenían largo tiempo de haberse difundido y propagado al rededor del mundo y, aunque no se contase con el manual de Göbbels, se practicaba la manipulación fascista, tanto entre los aliados nazis, como entre sus enemigos. El gobierno norteamericano, para adoctrinar a su pueblo, lanzo una campaña de filmes anti-alemanes y todo genero de publicaciones, entre las que aún sobresalen los “súper héroes”, un paralelo a la idea de “super-hombre” promovida por el régimen nazi, que superaba a los últimos en fantasía y subjetividad. Los súper héroes son modelos inalcanzables en que los jóvenes fijan su admiración ciega, son depósitos perfectos de impulsos viscerales, justo como planteaba Clausewitz.

Durante el periodo posterior a la segunda guerra, conocido como “guerra fría”, la rivalidad entre las dos principales potencias militares, condujo al perfeccionamiento de la propaganda. Las nuevas condiciones tecnológicas, principalmente la aparición de la televisión como centro de la comunicación cotidiana, obligaron a la propaganda a transformarse en otra cosa. Fue el lingüista Noam Chomsky, el encargado de describir este fenómeno y bautizarlo como “Manipulación de masas”. El hecho de que la era de la manipulación estuviera centrada en la televisión, fue quizás una de las principales razones de la caída de la Unión Soviética, que estaba muy atrasada en este tipo de comunicación; lo cierto es que el impulso de su desintegración, vino con gran fuerza de adentro, por el descontento de la población y su anhelo por el modelo de consumo capitalista.

Es lo mismo, pero no es igual.

Tras largos años de estabilidad política y conformismo para con las decisiones de las masas dominantes, el público perdió la confianza en las cadenas productoras de televisión y sus noticieros. Durante largo tiempo, los programas informativos, con los que se despertaba, se pasaba la comida y se iba a dormir, se convirtieron en el centro de la actividad cultural y fuente de la sabiduría. Su estilo se basaba en el “realismo” una corriente estética, pseudo-científica que pretendía reflejar el mundo de forma imparcial. El realismo es inobjetable, porque es dueño de la verdad. Sin embargo el público dejó de creer en la verdad y en la realidad, cuando la crisis económica provocó la caída de las escenografías y se dejó ver el trasfondo de los intereses económicos. El discurso moderado y la gestualidad estudiada de los realistas perdió todo crédito, frente a una realidad que estaba fuera de su narrativa: la realidad de la crisis. Esta fue la oportunidad para que nuevos maestros de la propaganda y la manipulación saltaran a la arena y robaran el foco a los viejos protagonistas. Las nuevas tecnologías, centradas en la internet, obligaron a la reelaboración del discurso. Paradójicamente los rusos, los viejos derrotados de la guerra propagandística, volvieron a la batalla con un peón infalible por delante: el peón del Twitter, Donald Trump, el führer de los 144 caracteres. Para la vieja guardia, la aparición del Showman significó una afrenta a la realidad; a su costosa verdad. De ahí que trataran de tumbarlo con principios éticos y, acaso lógicos, pero la pre-verdad ya estaba acabada y no valió de nada su pataleo. Una nueva era había comenzado, independientemente de que la élite privilegiada conservara sus privilegios, había que aceptar a un nuevo invitado a la mesa.

Pero la historia no comenzó con Carl von Clausewitz, ya antes de la revolución francesa se acusaba a la prensa de trabajar para los burgueses. A los romanos se les acusó de utilizar la biblia para mantenerse en el poder. Los poetas griegos fueron acusados de difundir una versión parcial de la historia. Para no ir más lejos, el propio Sócrates acuso a la escritura de presentar una versión falsa del conocimiento. El filosófo griego consideraba que la escritura no podía contener conocimiento porque carecía de espíritu y, por lo tanto, de vida. Creía que la pretensión de guardar la sabiduría en pergaminos, sólo contribuía a atrofiar la memoria, pues la gente abandonaba la disciplina de repasar el propio aprendizaje al confiárselo a un pedazo de papel.

De cualquier modo es bueno contar con palabras para referirse a las cosas y poder comunicar nuestras impresiones acerca de ellas. Esta nueva era de manipulación apenas empieza y ya hacen falta muchas palabras nuevas. Por ejemplo, ¿cómo hemos de llamar a esos ejércitos de robots que atacan masivamente las redes sociales, con el propósito de cambiar la percepción sobre una tendencia? Acaso será la “pos-opinión-pública”.

¿Por qué se disparó la violencia?

Ya pasó la elección en el estado de México, ya no pueden acusarme de “hacerle el juego al PRI”. Ya se disipa la paranoia neurótica y comienza la resaca democrática: la desilusión, ese proceso de consciencia que a veces tarda años en concretarse.

Cuando se habla de violencia, hay razones obvias a enunciar, como el narcotráfico, el mercado de las armas de fuego, la corrupción y otros males endémicos de nuestro país. Pero también existen otras causas, no tan obvias, que vale la pena analizar.

Nuestra democracia, nuestro estado nación, nuestra libertad, son paradigmas de un modelo adoptado por Europa, los Estados Unidos y gran parte del mundo; a partir del llamado “siglo de las revoluciones”, en que se colapsó definitivamente el modelo monárquico, como principal forma de dominación masiva. Siendo la principal causa de su caída, el movimiento de masas. Unas veces llamado socialismo, otras liberalismo; la mayoría de las ocasiones, simplemente revolución. El movimiento de masas fue la respuesta lógica en un mundo donde la riqueza, producida por todos, se concentraba en una minoría, con su respectiva carga de despotismo, marginación y monopolio de la violencia. Luego de siglos de sometimiento, los pueblos decidieron apostar por la mayoría numérica y rebelarse.

A partir de entonces comenzó a construirse un nuevo modelo, capaz de resistir y superar las debilidades del anterior. Un modelo que comenzó a concretarse desde la primera mitad del siglo veinte, pero que tuvo que esperar el paso de la segunda guerra mundial para llegar a su solución definitiva: la doble distribución de la riqueza.

Este proceso puede dividirse en tres fases.

Primera fase, anterior a la caída del modelo monárquico.

Las bases económicas para la “doble distribución de la riqueza” aparecieron de manera casi espontanea, en los primeros países industrializados. Gracias a la necesidad de trabajadores con mayores capacidades intelectuales para el manejo de la producción masiva, se pudo crear una clase privilegiada con un ingreso económico superior al de la gran masa de obreros no calificados. Este privilegio fue distribuido en un principio bajo las leyes de jerarquía, instituidas a partir de la producción artesanal, que se valía del sistema educativo como aparato principal para el control y preservación del tejido social.

Hay que destacar que, aunque hoy se re-descubre el papel de la educación como medio de control, ha sido siempre el mismo a lo largo de la historia: mantener y preservar en su lugar de privilegio o de marginación, a cada miembro de la sociedad. El modelo no cambió con la aparición de la maquinaria industrial ni con la ilustración, sino que fue obligado a cambiar por la presión de los movimientos de masas.

Segunda fase, posterior al siglo de las revoluciones.

Tras la caída de las viejas cúpulas de poder, los nuevos líderes estaban obligados a aceptar una transformación en la estructura de la producción-educación, que se tradujera en una distribución más equitativa de la riqueza.

El sistema educativo tuvo que dejar paso a la revuelta de intelectuales revolucionarios, que se habían reproducido durante el largo periodo de movimiento. Estos intelectuales, a su vez, introdujeron los discursos populares en el sistema y prepararon nuevas generaciones de obreros calificados, con derecho a sueldos más altos.

La creciente industria y la expansión de los mercados al rededor del mundo, dieron espacio para satisfacer la demanda de estos puestos de trabajo, haciendo posible la distribución de la riqueza entre un sector cada vez más grande de la población: la clase media.

Luego de que las masas fueran compradas por un sistema producción-educación que les prometía una mejor distribución de la riqueza, la concentración de la riqueza capitalista volvió a su cauce natural. Los capitales amasados antes de la transformación revolucionaria, siguieron amasando fortunas; siendo hoy incomparablemente mayores y concentrandose en muchas menos manos (1% de la población).

Tercera fase, posterior a la segunda guerra mundial.

La clase media, que en principio fuera una promesa de la distribución general de la riqueza y, por ende, la justicia para todos, se convirtió en el nuevo modelo inamovible de la sociedad.

La industria había abierto espacio a un grupo mucho más extenso de trabajadores privilegiados con acceso a un mercado de riquezas nunca antes producido; el sistema educativo permitió el ascenso de un porcentaje considerable de marginados a los niveles correspondientes de una clase superior.

Y, entonces, la transformación se detuvo; se estableció el nuevo sistema de jerarquías, bajo las mismas reglas que habían permanecido intactas en la herencia cultural, base de la civilización pro-occidental. Las masas pobres quedaron marginadas de oportunidades, sometidas por un nuevo régimen llamado democracia, en donde su principal enemigo ya no era una minoría militarizada, sino una masa empoderada, indispuesta a perder sus privilegios de clase; indiferente a sus penas y sufrimientos.

A pesar de los siglos de transformación propiciados por el movimiento de masas, el sistema capitalista seguía intacto. La distribución social cambió su forma imaginaria, de la vieja pirámide medieval, a un edificio de dos pisos, donde los de abajo son los pobres y los de arriba la clase media.

La imposibilidad de una lucha de masas en estas condiciones, estabilizó el nuevo sistema de poder, asegurando los privilegios del uno por ciento más rico.

Así surgieron por el mundo grupos radicales que, a semejanza de los nazis, demandaban su entrada al paraíso prometido del consumo. Grupos que cayeron en la trampa electoral, extendiendo el mismo modelo del que eran víctimas, votando por partidos que eran incapaces de cambiar el paradigma y sí, en cambio, reforzarlo. Grupos de personas incapaces de entenderse y de identificarse entre el gran caos de la sociedad a la que creen pertenecer, pero que los mantiene al margen de los privilegios.

El caso mexicano.

En nuestro país, corredor de paso en el tráfico de drogas; donde la estrategia militar de América para los banqueros norteamericanos, impide el florecimiento de cualquier política que no se someta a sus intereses; donde el mercantilismo brutal de europeos y gringos satura el mercado de armas ilegales; donde los poderosos, sometidos a intereses ajenos, encuentran su principal ingreso en la corrupción; donde los movimientos populares que intentan romper este circulo vicioso son apagados a punta de pistola; en esta colonia-economía-periférica; en este país nuestro, los extremismos se expresan de un modo distinto.

La envidia por el privilegio de la clase media, que manifiestan los seguidores de Marin Le Pen en Francia, aquí se manifiesta también por parte de los pobres hacía ese grupo social, sólo que su solución puede ser más pragmática, manifestándose, por ejemplo, en robos y crímenes menores.

El odio de los conservadores yanquis hacía los mexicanos, aquí se dirige de los marginados hacía los mexicanos de clase media. Los muros los construyen éstos últimos, para resguardarse del rencor de los primeros. Y se pagan con la plusvalía que produce la mano de obra barata.

La sangre, la muerte, la tortura, las desapariciones, el feminicidio; tampoco son barbaries exclusivas de nuestro pueblo; en el mediterraneo, por dar un ejemplo, han muerto más de diez mil personas en los últimos años. Sólo que, de aquel lado, la brutalidad se dirige hacía el otro, hacía el musulmán, mientras que aquí se dirige hacía nosotros mismos, de arriba hacía abajo.

La violencia que invade nuestra vida tiene mucho de polarización, de fenómeno contemporáneo, aderezado con una muy mala vecindad y un poder corrupto.

Muchas otras explicaciones se pueden encontrar. Sin duda Existe una responsabilidad individual en cada uno de los delitos, así como existe la omisión de las autoridades. Pero no podemos esperar que, el mismo sistema de distribución de la riqueza y de la justicia, que limita la participación de las masas a una oportunidad en el mercado y un voto cada seis años; el mismo sistema causante de la desigualdad económica y, por lo mismo, de la polarización social, nos de la respuesta a esta crisis humanitaria.

El bombardeo a la base militar siria justifica el ataque con armas químicas.

Antes de lanzar sus 59 misiles tomahawk, Donald tuvo el muy lindo gesto de no provocar un conflicto nuclear, al avisar de sus intenciones a su amigo-enemigo Putin. De este modo el presidente ruso pudo prevenir a su aliado árabe para minimizar los daños causados por el ataque justiciero del envalentonado millonario, show-man y ahora también mandatario norteamericano.

Aparte de los muertos, los asfixiados, las víctimas, tanto adultos como menores de edad; aparte de estos números rojos, todos salieron ganando. Trump consiguió disipar las dudas acerca de su complicidad con el Kremlin, entrando en una guerra de palabras y declaraciones para con los aliados del terrorismo que, aunque no hace a los estadounidenses grandes otra vez ni les regresa los puestos de trabajo perdidos por la deslocalización de la industria, por lo menos coloca el discurso yanqui en la cima de la moral propagandística. Además, la CIA recupera la brújula perdida tras la derrota de Hillary y la industria militar se enriquece a un costo de un millón y medio de dólares por cada misil arrojado. No faltaron los hurras y los aplausos por parte de social demócratas y fascistas europeos, aplaudiendo por igual y lamiéndose los bigotes por el giro de regreso a las políticas guerreristas que han marcado la política de la unión en los últimos años.

Para la dupla china-rusia, fue una nueva oportunidad de mostrar músculo ante el consejo de seguridad de las naciones unidas, utilizando el privilegio del veto, que exhiben cinicamente frente a los televidentes y cibernautas aterrorizados por las imágenes de niños ahogándose, tras el misterioso ataque químico. Rusia además aprovechó los focos para dar una lección de diplomacia y respeto a los acuerdos internacionales, sin desaprovechar la oportunidad de saturar (todavía más) la región con sus juguetes armamentísticos de última generación, muy bien aplaudido por sus aliados en la región.

El estado islámico también es beneficiado por la nueva ambigüedad, acerca del enemigo especifico del que estamos hablando, pero los ganadores de la noche son, sin lugar a dudas, los aún no identificados autores de esta broma de lesa humanidad, efectuada frente a los aparatos más sofisticados, jamás utilizados en conflicto alguno; incapaces, sin embargo, de despejar las dudas en cuanto a la autoría de esta falacia. Poco importan ya las bajas civiles, el público se muestra satisfecho con las nalgadas megatónicas propinadas al presunto culpable, con tal fuerza que alcanza, incluso a quebrar las leyes internacionales y el protocolo para la paz, dejando una cortina de humo que sirve de camuflaje hasta al propio régimen sirio, el cual ahora tiene buenos argumentos en su favor, desde el simple deseo de que se esclarezcan los hechos.

Los perdedores son muchos; somos muchos. Los confundidos, los engañados, los manipulados; las víctimas de una muerte espantosa, los deudos impotentes. Todos distribuidos uniformemente sobre el campo de batalla, mismo en el que jamás se ha visto batirse a ninguno de nuestros líderes.

El feminazismo no es otra cosa que machismo.

Haré una definición todavía más grave: machismo significa sometimiento al hembrismo.

Empecemos por aclarar que, masculino y femenino es a los humanos, lo mismo que macho y hembra a los perros. La razón por la que se llama macho a una persona, es con la finalidad de compararle con un animal. O, en términos Darwinistas, decirle a alguien macho significa rebajarlo a su carácter más primitivo. Luego, el hembrismo, en contraposición al machismo (y muy contrariamente a lo que suele creerse), define el conjunto de ideas y costumbres culturales que mantienen el rol tradicional de la mujer dentro de la organización social. La labor del macho, con respecto al hembrismo, es la de re-afirmarlo, protegerlo, encubrirlo, ocultarlo, etc; en otras palabras, someterse a el (del mismo modo en que el hembrismo se somete al machismo). Para cumplir su oficio de macho, el hombre debe denigrar, someter, golpear y hasta asesinar a la mujer. De este modo consigue cargar con toda la culpa de que la hembra permanezca en su estado primitivo, sin que la hembra tenga que pensar en la posibilidad de liberarse, pues tal cosa resulta imposible.

El feminismo es la lucha de las mujeres por liberarse del hembrismo. El feminismo es un asunto de mujeres que se ha visto entorpecido a lo largo de la historia por la intervención del machismo.

En general, las manifestaciones en contra de las llamadas “feminazis”, se limitan a viejos clichés: el carácter voluble de la mujer, su tendencia a la sinrazón, su histeria, su hipocresía, etc. En resumen, todos los defectos adjudicados al género femenino, desde mucho antes de cualquier movimiento de liberación femenino. Se trata de manifestaciones conservadoras, expresiones de espanto ante lo desconocido: el abandono del hogar primitivo, para salir a la exposición, a la desnudez de la liberación sexual. Sus manifestaciones públicas y a través de redes sociales, son un llamado a la unidad de los machos en contra del enemigo común. La homofóbia, dicho sea de paso, sólo puede existir en un contexto de odio a lo femenino. Y si el hombre que permite a su mujer llevar las riendas del hogar, el mandilón, es equiparable al puto, entonces la mujer, que así se rebela de los estándares conservadores, tiene que ser lesbiana.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.

El macho, además de preservar la existencia del hembrismo, tiene asuntos y proyectos propios que atender, a saber: preservar el régimen militar, hacer la guerra, explotar a su prójimo, enriquecerse, estratificar a la sociedad, competir y luchar para ser el líder de la manada, el macho dominante, y así poder follar a subalternas y subalternos por igual.

El macho, igual que la hembra, sufre de períodos menstruales de actividad hormonal; días en que lo invade un ansia de morder a su prójimo, sólo para ver quién la tiene más grande. Un periodo de alteración emocional tan evidente, que sólo logra pasar desapercibido, gracias a la excelente labor de encubrimiento de la hembra, quien absorbe la responsabilidad de todas las crisis emocionales, incluidas las de su macho. No en balde se afirma que el machismo lo enseñan las mujeres. La hembra desempeña tan eficientemente su labor de encubrir el machismo, que es incluso capaz de representarlo mejor que el macho, a tal grado, que el pobre hombre se ve intimidado y amenazado por un competidor potencial, al que hay que eliminar antes que sea demasiado tarde.

Los machos hablan de las feminazis, utilizando el santo y seña del machismo, como si no lo conociéramos, como si se tratase de algo que acaban de descubrir y tienen que informarnos de ello: “son agresivas, irrespetuosas, irracionales, utilizan un lenguaje virulento y manipulador para conseguir sus objetivos. Se aprovechan de su posición y ventajas dentro de la estructura social, para imponer lo que consideran correcto a sus intereses. Y, si nada de esto funciona, se valen de la violencia” o bien, “utilizan la corrección política para distorsionar la realidad”.

La corrección política es el arma letal de factura feminazi, le ha arrebatado los testículos a un montón de pobres desamparados.

Ya que hablamos de Nazis, recordemos el modo en que aquellos generalizaron y estigmatizaron a judíos, gitanos, africanos, aborígenes y montón más que tuvieron la mala suerte de cruzarse por su laboratorio propagandístico. Para los Nazis, los emigrantes extranjeros eran sujetos perversos, oportunistas y cínicos que venían a robarles el trabajo y la identidad. En el escenario industrial contemporáneo, las mujeres son los nuevos extraños, los nuevos judíos. Con el agravante de que a las mujeres se les considera débiles y, por tanto, deben recibir menos sueldo. Su rol, en la importante tarea de la preservación de la especie, las salva de las cámaras de gas, pero no de tener que afrontar la osadía de haber penetrado en un área exclusiva del macho: el área del trabajo. Si quieres jugar nuestro juego, tienes que hacerlo con nuestras reglas.

Las feminazis son las mujeres que han entrado en las áreas exclusivas del macho, los puestos de mando, de liderazgo; las jefas de familia, cuyos maridos frustrados, sólo se atreven a enfrentarlas por medio de memes en el Facebook. Toda esta banalidad es, en realidad, lo mismo de siempre: la guerra de los sexos, que empieza cuando el profesor tiene que salir a atender un asunto por quince minutos. Me recuerda también a esos comediantes mediocres que, por no tener talento alguno, meten al público en la dinámica de “a ver quién aplaude más fuerte, los niños o las niñas, los hombres o las mujeres.

Todo este asunto de las feminazis podría tener algo de gracia, si no sirviera para justificar la violencia. Violencia que cosifica y reduce a la mujer a objeto de placer, sin derecho a intervenir en el campo de la discusión pública, exclusivo del macho por tradición. Violencia legal que se acepta en el discurso cotidiano, en la Internet y a través del consumo. Que se acepta a través de los estándares de comportamiento indicados para una hembra y también a través de los estándares comerciales de la belleza donde, para qué una mujer sea bella, tiene que cumplir con ciertos requisitos físicos: tener las piernas largas y carnosas, el trasero firme y terso; suave y ruborizado, como las mejillas; los pechos levantados y lisos, el vientre plano, las pestañas pobladas y las cajas escasas, el cabello abundante y fuerte, nada de arrugas, ni en la cara ni en las tetas ni en las nalgas ni en las rodillas. En otras palabras: para encajar en los estándares de belleza dictados por el Photoshop, hay que tener entre once y dieciséis años. No hay que extrañarse entonces de la pedofília, del secuestro, violación, prostitución y explotación de millones de menores de edad.

Ganar o morir

En un mundo de propaganda, de manipulación y control mediático, debemos estar atentos y saber, ¿a quién le sirven nuestras manifestaciones, filias y fobias?

Aunque no lo creamos, nuestras inclinaciones siempre sirven al interés de alguien más.

I

Hitler era un keynesiano, estaba en favor de la intervención del Estado para regular la economía y proteger a las clases trabajadoras. Su propuesta venía muy a cuento ante la prolongada crisis económica por la que atravesaban sus compatriotas. Era momento de oponerse a la especulación del libre mercado (lo que hoy llamamos: neo-liberalismo). Por supuesto, para que Hitler aplicara sus medidas proteccionistas, re-impulsara el poder industrial e hiciera a Alemania grande otra vez, tenía que ganar las elecciones. De entre sus asesores surgió la idea de manifestarse en contra de los judíos, pues se trataba de una inclinación xenófoba aceptada en una enorme cantidad de hogares germanos, y del norte de Europa en general. Desafortunadamente Hitler y sus socios carecían de escrúpulos, ética y respeto por la vida humana. Al grito de: “Deutschland, erwache! (“¡Alemania despierta!”) y el llamado a la unidad, lanzaron su primavera color de rosa, convocando enormes multitudes a las urnas de la democracia.

Pero, aun así, Adolf no tenía la mayoría de los votos; tuvo que hacerse de un conjunto de artimañas para conseguir el control de la cámara y montar la silla imperial dentro del Reichtag. Parte del triunfo se debió, sin duda, a los desorganizados y siempre ambiciosos industriales (la masa dominante), que prefirió la xenofobía y la segregación, al peligro inminente de un gobierno controlado por la clase trabajadora (socialismo). Otro elemento decisivo fue la asociación que, desde un principio, hicieron los nazis con grupos armados y militares.

Pero lo que aquí quiero poner de relieve, es la responsabilidad individual: la de usted.

II

La obsesión por la competencia, la supremacía y el control absoluto de la riqueza, son vicios que no nacieron de la clase media; son vicios heredados de una realeza en decadencia, que se mezcló con la burguesía y se fundió definitivamente con ella, tras el siglo de las revoluciones. Sus principios y mecanismos racionales fueron difundidos entre los trabajadores a través del sistema educativo: los valores de la competencia y el individualismo eran necesarios para el desarrollo industrial; el primer país en implementar la educación de manera oficial y obligatoria fue Alemania (antes Prúsia). Y ya se conocen las consecuencias. Fue precisamente un psicoanalista alemán (Erich Fromm), el primero en advertir el fenómeno del fascismo como enfermedad social, como un conjunto de patologías. De estas patologías se desprende la actitud narcisista de mirar el derecho al sufragio como un producto de consumo, como una oportunidad para la especulación; porque, para quien todo lo mira como un objeto del cual ha de sacar provecho, poco importa el progreso de las mayorías, y es primordial, en cambio, aprovechar todo instrumento a la mano para aumentar su pequeño poder. La consecuencia de esta actitud, es que fácilmente se cae en discursos segregacionistas, supremacistas y/o xenófobos, donde el enemigo invisible, el ladrón que amenaza nuestros privilegios, el inmigrante, el pobre, el miedo, se convierten en los argumentos centrales de la política. Una política que sirve al egoísmo y la auto afirmación del vicio cultural histórico.

III

El fascismo necesita un enemigo, una raza perversa que nos acosa y planea un complot desde el principio de los tiempos, para acabar con nuestros valores y nuestra forma de vida. Ese enemigo puede ser, incluso, el fascismo mismo. Recordemos que el fascismo de Hitler y Musolini venía vestido de socialismo, igual que hoy el fascismo de Trump se opone al neo-liberalismo y presume de ser solidario con la clase trabajadora.

Ya existe material de sobra para saber que el discurso de la Casa Blanca está basado en la mentira y la manipulación, sin embargo, aquellos que votaron por el presidente en turno, son incapaces de aceptar las evidencias frente a sus ojos, por una actitud común: el miedo a estar equivocado. El miedo a estar equivocado es el peor ingrediente de la política, es el camino más directo hacia la necedad. Pero no nos confundamos, el necio, el manipulado, no siempre es el otro. La idea del enemigo se sostiene a la perfección durante largo tiempo, porque siempre hay alguien que se pone el saco, que reacciona y retro-alimenta el odio: atacándolo. Haciendo activismo gratuito por medio de las redes sociales, se hace el juego a campañas de miedo y odio. Antes de caer en la provocación del enemigo común, debemos preguntarnos seriamente, qué tanto miedo tenemos a estar equivocados.

¿Qué tanto odio?

La mejor forma de hacer política (y la primera en aparecer en el imaginario humano), es la colaboración. Pensemos en nuestro entorno inmediato: nuestros familiares, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo. Por muchas diferencias que tengamos con ellos, hemos de ser tolerantes, si es que queremos llevar la fiesta en paz. A menos que queramos irnos a vivir a una isla desierta, como suelen pretender los adolescentes al cerrar la puerta de su recámara. Por el contrario, cuando se opta por la tolerancia, se abre un nuevo mundo de posibilidades, pues más allá de lo minúsculo e individual, está lo grupal.

IV

Hoy el mundo se sorprende por la “revolución” que están causando las redes sociales, como si no se tratara de la misma cantaleta, tantas veces repetida a lo largo de la historia. La desvirtualización de la política comenzó un día en que a algún demagogo se le ocurrió ubicarla en la distancia, lejos de el paisaje cotidiano. Ésto además de volver a la política en un argumento inútil y falaz, la convirtió, por lo mismo, en el espacio ideal para la banalidad. Pues hablar de la política como algo que sucede en un pueblo lejano es la enajenación de nuestra opinión y nuestros procesos mentales. Es tan fácil decir esto y aquello, cuando no nos afecta directamente, cuando sólo aparece dentro de una pantalla: una imagen sostenida por nuestra inocencia crédula. Quien, ante estas reglas, se atreve a opinar, es temerario; arriesgado pero no muy inteligente, pues el riesgo que toma es el de la necedad. A la larga se topará con que todas sus opiniones, por muy exquisitas y preparadas que sean sólo conducirán al cacareo conflictivo, al chisme de lavadero. Terminará por hartarse de su propia réplica improductiva y renegará del medio que lo condujo a tal desacierto. Así, la gente se desencantará de las redes sociales por la misma razón que en el pasado se desencantaron de los periódicos y/o la política. Paradójicamente, el mismo impulso inmaduro e individualista que nos metió en el laberinto virtual, ha de sacarnos de ahí.

Conclusiones:

-Hitler ganó la elección apoyado en la masa dirigente, pero se mantuvo en el poder porque la cultura del individualismo se había esparcido entre la clase trabajadora.

-El pueblo, a imagen y semejanza de la masa dominante, pelea entre si por intereses individuales y egoístas.

-La polarización de la sociedad y el fascismo, se sostienen en la irresponsabilidad con la que todos y cada uno ejercemos la política.

El tiempo en que los seres humanos se muevan en su propia dirección, como individuos inalienables, sin fronteras y sin límites racionales, aún no llega. Todavía nos organizamos en tribus. Cada quien sigue a su mesías, de izquierda o de derecha. El pueblo confía en que el avance del rebaño traerá el bien común. Pero la masa dirigente está compuesta por almas pequeñas, de visiones limítrofes; sus incentivos son el miedo y la avaricia; se agrupan en torno a dictadores y demagogos, déspotas y militares paranoicos, reflejo de sus propias carencias.

Zapatistas vs. milennials

México es un país en peligro de balcanización. Las constantes disputas electorales, la delincuencia organizada y los distintos intereses globales, contribuyen día con día a la polarización. Mi interés no es el de propiciar una nueva fractura al interior de nuestra sociedad, por el contrario, deseo poner una señal de alerta ante un fenómeno que, a mi parecer, se recrudecerá en los tiempos por venir.

Para expresar esta idea necesitaré crear, de manera arbitraria, dos grupos sociales, a saber: zapatistas y “milennials”.

Zapatistas

México es el país con mayor población indígena de toda América, con un 11% de la población nacional dentro de este segmento, del cual, el 85% se sitúa en el sur del país, zona de mayor influencia del ejercito zapatista de liberación nacional (EZLN). Aunque ni todos los indígenas, ni todos los habitantes del sur de México son afines a las ideas de este grupo, su influencia se refleja de manera muy clara en organizaciones como el congreso nacional indigenista (CNI). Así pues, llamaremos a este grupo de influencia: “zapatista”.

Milennials

Una forma superficial de llamar a los nacidos en fechas próximas y/o posteriores al año 2000, que aquí aplicaremos, de manera exclusiva, a los habitantes de las principales concentraciones urbanas del país. Ciudadanos de última generación, equipados con vanguardias culturales del orden internacional que se distribuye a través de la Internet. Pertenecientes a la generación que más ha consumido y más ha contaminado el planeta a lo largo de su historia. Una masa difusa, cuyos principales rasgos en común se obtienen a través de lo que consumen: “milennials”.

Estas categorías sociales no son, por supuesto, algo que me haya sacado de la manga. Se trata de formas ya bastante comunes de des-calificación, dentro del contexto polarizado del discurso público. Son, como siempre, la negación del otro para auto afirmarse; la exacerbación del otro para negarse a si mismo. Milennials y zapatistas, como etiquetas del escarnio social, obedecen a razones de fondo muy parecidas.

Por el lado de los milennials, se trata de ridiculización. La ridiculización de una generación emergente, es material ya muy viejo; es expresión de defensa ante la amenaza, ante lo inevitable: los que hoy son jóvenes, serán los adultos del mañana y gobernaran el mundo. A menos que se les domestique desde ahora. De ahí la necesidad de disminuirlos y llevarlos a la autonegación, como parte del adoctrinamiento social.

El caso de los zapatistas es el de “enemigo común”, de la raza inferior que amenaza con contaminar la propia, cuya figura se hace negativa a fuerza de calificaciones tales como la ignorancia, visión común que se tiene del indígena, gracias al racismo heredado de la sociedad colonial.

Pero estos grupos, milennials y zapatistas, a pesar de los prejuicios que los hermanan, lejos de formar un frente común se presentan desde dos escenarios diametralmente opuestos, cuyas diferencias tienden a ensancharse hacia el futuro, corriendo el riesgo de convertirse en actores antagónicos.

Veamos en que se basan sus diferencias

– Los milennials son animales de ciudad; son, por lo tanto, consumidores. Sus opciones de organización se resumen a lo que oferta el mercado. Esto es, los partidos políticos. Un abanico que va de PRI y PAN, hasta MORENA. La tendencia es el desencanto por la vida pública y el ausentismo para con los procesos llamados Democráticos.

– Los zapatistas están organizados en formas tradicionales, correspondientes a la producción agrícola y campesina. Las políticas Neo-liberales han afectado profundamente sus medios de supervivencia, obligándolos a plantearse formas de resistencia. Su tendencia a la organización política ha crecido exponencial mente en los últimos veinte años.

– La generación de los milennials se sitúa en el punto más bajo de crecimiento de la población, a niveles históricos. Siendo el promedio de un hijo por pareja, o hijo único. Un fenómeno de crecimiento poblacional, reflejo de los países industrializados del mundo, donde la población tiende a disminuir, provocando así una crisis en los sistemas de pensiones y del aparato industrial en general.

– los zapatistas, contrario a la tendencia nacional, tienen un indice reproductivo idéntico al de Guatemala: de más de dos hijos por pareja. O sea, que la población va en crecimiento.

-Los milennials son, en su mayoría, hijos únicos.

– Los zapatistas provienen de familias numerosas, pobres, con una visión del mundo condicionada por la escasez de recursos, cuyas circunstancias enfatizan la tendencia a la solidaridad y la empatía con el infortunio.

– Entre los milennials el acceso a la tecnología, la información y la educación académica son factibles, su visión del mundo está poderosamente influida por estos medios que, a través de los aparatos con mayor difusión, limitan el conocimiento a intereses particulares.

– Para los zapatistas, el material didáctico de primera mano es el entorno.

Conclusiones

El antagonismo entre estos grupos humanos se sostiene en el prejuicio, en el miedo impuesto por la instrumentación de los aparatos mediáticos, en el pos-colonialismo, en la propaganda y un largo etcétera con quinientos años de desarrollo. Sus dispares escenarios y perspectivas culturales pueden contribuir a ensanchar sus diferencias, en provecho de intereses ajenos.

La marginación de las minorías étnicas, vista con normalidad durante largos años, puede llegar a un punto de inflexión, provocado por los índices en el crecimiento de la población (donde los que hoy son mayoría tienden a disminuir y viceversa), cambiando el equilibrio de fuerzas hasta ahora conocido. La disparidad de intereses, entre nuevos grupos de poder, podría provocar una división de la sociedad mexicana en un futuro mediano.

No somos seres del Olimpo.

A raíz de los lamentables sucesos en un colegio de Monterrey Nuevo León, han aparecido voces por montones, juzgando y encontrando culpables con la punta del indice. Tal vez esta camada de inquisidores cuente con muy buenos argumentos; tal vez cuente con los mejores argumentos, pero, en términos prácticos ¿cómo vamos a hacer para evitar que estos terribles sucesos sigan repitiéndose por doquier?

“Lo más gracioso es que, cuando alguien se los advierte, nadie le cree”, escribió Tim Kretzmer en una red social, antes de balacear a sus compañeros de escuela, sus maestros y a varios elementos de la policía. Y sí, seguramente el chico estaba equivocado, pero no hubo tiempo de explicárselo, porque cuando las buenas conciencias empezaron a soltar sus valiosas opiniones, el chico ya se había dado un tiro en la cabeza.

El chico de Monterrey también advirtió de sus intenciones, a través de Facebook.

Valdría la pena conocer un poco sobre el tema para tratar de adelantarnos al suceso y, de ese modo, prevenirlo.

Esto hay que verlo con humildad. No somos seres del Olimpo: no somos perfectos; cada individuo puede reaccionar a una misma situación de muy diversas formas, formas imprevisibles, y un conjunto de reacciones pueden desembocar en consecuencias inimaginables.

La expresión violenta del sujeto poseído por el amok, quizá sea un afán de llamar la atención, precisamente hacía las consecuencias del hecho en si. Esto es, que el sujeto alcanza a percibir su propia inclinación: alcanza a sospechar el vuelco que su cabeza ha de dar, traicionándolo y convirtiéndolo en un asesino. Una situación terrible, vista a través de una sospecha vaga. Tratar de entender las fatales consecuencias de su propio desvarío, lleva al sujeto a explicarse a si mismo, mientras hace para los demás un ejercicio de ejemplificación radical.

Supongamos que esto es posible: es posible sospechar nuestro propio destino; es posible, al menos, sospechar nuestras propias tendencias psicológicas. Entonces, tal vez, podemos sospechar cuando hemos de volvernos locos.

El sujeto ve el callejón sin salida: un callejón que termina infaliblemente en el suicidio. Es incapaz de interpretar sus propias sospechas, sólo entiende que el rumbo es indeseable. El sujeto se siente empujado, es incapaz de saber por qué o por quién, unicamente es consciente de la presión, pero encuentra responsables frente a su rostro: se trata del Bullying, del acoso escolar, del sistema de competencia social, de la lucha por el éxito, de la popularidad, etc; sujetos abstractos que se mezclan con rostros conocidos. Sus reacciones son manoteos sin objetivo, su resistencia: patadas de ahogado.

Por encima de él se levanta la figura del padre, de la justicia, de la salvación. La intervención oportuna de un adulto que ponga orden y termine por explicarle el torbellino que lo envuelve. Pero no llega.

O bien alguien le ha abandonado, o bien ha usurpado su derecho. En cualquier caso, ese alguien no tiene rostro, se oculta entre la multitud. En todo caso la multitud es cómplice de alguien, de algo; de su situación. Su reclamo viene entonces a ser una llamada de atención a esa justicia ausente, para que se haga presente, así como un regaño contundente para quien ha permanecido ahí: sin hacer nada. Su reacción es una lección para quien actuó con todo propósito. Su grito desesperado es un aviso para quien aún no se da cuenta de nada. Una clase magistral.

La ira frenética es también expresión de miedo, de un miedo tan descomunal, tan solitario y desamparado, que trata de demostrar, al menos, la capacidad de defenderse. Como un gato enseñando las uñas en señal de advertencia; un gato que desconoce el poder letal de sus propias uñas.

Quizá habría que tratar de calmar la ira de ese animal, demostrarle que no hay motivo para atacar. Quizá bastaría la aparición ocasional de una voz, de un amigo que nos recordara que todo está bien; que todo está mal, pero aun así funciona. Quizá habría que poner un poco más de atención en todos y cada uno de los cachorros, sin importar la fuerza, la ternura o indiferencia que tratan de aparentar hacia fuera, y darles unas palabras de ánimo de vez en cuando, en lugar de aumentar su confusión.

Entropía

Más difícil que tratar de alcanzar una situación ideal para la humanidad (Utopía), es tratar de volver a un punto pasado en el correr del tiempo y/o la política (Entropía). Y no existe mejor forma de ejemplificar el segundo caso, que haciendo referencia a la participación del ejercito mexicano en competencias exclusivas de la policía, en el contexto de la lucha contra el narco, provocando con ello graves faltas a los derechos humanos. Este rol policial del ejército es un exelente ejemplo de Entropía, pues no tiene modo de revertirse, a pesar, incluso, de los deseos de los propios militares. Como el general Cienfuegos, quien manifestó su malestar por el “desgaste” que la “Guerra contra el narco” ha traído a las institución castrense, afirmando que, él es el primero en pedir que las fuerzas armadas regresen a sus actividades convencionales.

Luego de involucramientos directos por parte del ejercito, en abusos criminales como el caso Tlatlaya o Ayotzinapa, es lógico que Cienfuegos desee que todo vuelva a la “normalidad”, pero la vieja confianza que antes inspiraban los militares en la mayoría de la población no va a volver, así como la sangre derramada no regresa al corazón de los muertos.

En México, la presencia de grupos armados continúa en aumento, unos para apoyar actividades ilícitas que violentan la existencia de la población, y otros para defenderse de las bandas criminales que azotan al país. Los escándalos de corrupción y abuso de autoridad que involucran al fuero militar los acercan más a las bandas de criminales y a los políticos corruptos, que a las policías comunitarias, grupos de autodefensa y ciudadanos desvalidos de toda seguridad. Cualquier marco legal que pretenda otorgársele a sus labores de policía, estará deslegitimado de antemano porque el sentimiento de la población está muy cercano a las victimas de la represión en todas las latitudes del territorio nacional.

La labor de un ejercito es pelear contra un enemigo; pelear, matar y liquidar todo lo que se oponga a su avance. Esta lógica obedece a que el enemigo natural de un ejercito es otro ejercito: el ejercito de un país enemigo. ¿Cuál es el país contra el que lucha el ejercito mexicano? ¿cuál es su ejercito?

No hay forma de borrar las culpas en las que han incurrido las fuerzas armadas, tampoco hay un mecanismo para hacer que regresen a sus cuarteles, mientras nuestra policía continúe siendo incapaz de asumir su responsabilidad de garantizar la seguridad; mientras nuestros políticos continúen siendo incapaces de cambiar el rumbo de nuestra maltrecha realidad. No parece haber una manera de reparar la situación o, al menos, dejarla como estaba.

La paradoja de la historia es que se escribe hacia atrás, pero sólo se puede andar hacia delante.